Hay instantes en que la historia cambia. Ni siquiera es una culpa que se les pueda atribuir a varios de los damnificados. Suceden, simplemente. Javier Milei no tiene, por ahora, un enemigo más poderoso que él mismo en un mundo en el que comienzan a prevalecer liderazgos fuertes y disruptivos, como el del propio Donald Trump en los Estados Unidos. Pero eso no significa que pueda estar seguro de su destino y de su suerte. Es cierto que una clara mayoría social, según las encuestas más serias, no quiere volver al pasado kirchnerista, ni al peronismo en cualquiera de sus versiones, ni al radicalismo, se llame como se llame. El sistema bipartidista (la alternancia entre peronismo y radicalismo) implosionó cuando Mauricio Macri, que 12 años antes había creado un partido meramente distrital, Pro, ganó la presidencia de la Nación en 2015. En las circunstancias que ocurren ahora, la crisis de los dos partidos históricos es peor aún que la de hace diez años. Peronismo y radicalismo se han convertido en archipiélagos sin coherencia y sin conducción. El peronismo parece secuestrado todavía por Cristina Kirchner, una política que está presa en su casa y con serias complicaciones para el contacto personal con los otros; esas relaciones tête-à-tête siguen siendo la constitución básica del ejercicio de un liderazgo. Lo último que quedaba del radicalismo parece haber sido destruido por el trípode integrado por Gerardo Morales, Martín Lousteau y Emiliano Yacobitti. En las elecciones de octubre pasado, el partido que fundó Leandro Alem perdió todos los senadores nacionales que puso en juego. Cristina Kirchner solo influye ahora en la opinión de 12 senadores nacionales, pero hasta los últimos comicios legislativos disponía ampliamente de un bloque de 34 senadores. Un derrumbe en toda la regla. Macri vio desgajarse su partido por la obsesiva decisión destructiva de su otrora protegida Patricia Bullrich, que ya milita en el mileísmo con la fe de los conversos. Todo es relativo. Su conversión no convenció todavía a Karina Milei, que la prefiere a Bullrich debatiendo en el Senado hasta el año 2031, cuando vencerá su actual mandato de legisladora nacional. Es mejor que Bullrich esté lejos de su hermano, parece deducir Karina. Macri está buscando un outsider con ideas sensatas y hurga entre los empresarios exitosos. Marcos Galperín está descartado por decisión del propio creador de Mercado Libre, un apasionado creyente del mileísmo. Macri escarba y averigua y, al mismo tiempo, se hace evidente que aspira a recuperar el contacto con la gente común. Su foto dándole la mano a Axel Kicillof en Expoagro no significó la absurda inferencia de una metamorfosis del expresidente en un político kirchnerista, sino su intención de contrastar con la manía de Milei de pelearse, insultar y agraviar a todo el que no comulgue en un cien por ciento con sus ideas y sus políticas. En ese contexto, empieza a advertirse en las encuestas cierta fatiga social por las actuales inopias de la economía y por el propio estilo de Milei. Sin embargo, él conserva el liderazgo de casi la unanimidad de las mediciones de opinión pública. “Gran parte de la sociedad invirtió mucha esperanza y sacrificio en Milei como para abandonarlo tan fácilmente”, deduce el analista Juan Germano. Tiene razón, pero nada es para siempre.
No es un buen paisaje para Milei que lo inesperado se entrevere con lo imprevisto en un mundo extremadamente interconectado. La guerra descerrajada por Estados Unidos e Israel contra Irán podría significar ese hecho súbito y azaroso en condiciones de modificar el curso de la historia. Los criminales ayatollahs que gobiernan Irán demostraron que gastaron más recursos en proveerse de armas, de ejércitos y de servicios de inteligencia que en resolver los problemas económicos del sufrido pueblo persa. Pero lo cierto es que la guerra no está significando un desfile rápido y triunfal para los lideres de Washington y Jerusalén. Teherán se niega a aceptar que norteamericanos e israelíes pueden derrocar al régimen teocrático que gobierna ese país, a pesar de que ya murió como consecuencia de los ataques bélicos de aquellos aliados el exlíder supremo iraní, el ayatollah Alí Khamenei, sucedido ahora por un hijo suyo, también un jerarca religioso que no muestra ni la cara ni la voz. Los mercados mundiales están nerviosos. El precio internacional del petróleo aumentó cerca de un 30% en apenas 15 días. Para peor, el siempre ambivalente Trump pasa de pedir la “rendición incondicional” del régimen iraní a conformarse con el relevo de un líder supremo duro de ese país por otro ayatollah más moderado y dialoguista. No se refiere, desde ya, al actual mandamás de los iraníes, el hijo del líder muerto. Trump parece buscar una solución iraní parecida a la venezolana; el jefe de la Casa Blanca no tumbó al gobierno de Caracas, pero encontró en la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, a una cómplice y a una interlocutora ideal para hacer y deshacer en Venezuela.
Su dilema es que Teherán no es Caracas y que no apareció hasta ahora una Delcy Rodríguez en Irán. Trump parece carecer de una estrategia clara. La guerra no cesa, y los militares que responden a los ayatollahs iraníes lograron cerrar el estratégico estrecho de Ormuz, por donde fluye el 20% del comercio petrolero mundial. Por esa estrecha vía de agua pasa gran parte del petróleo y el gas de los países árabes más ricos de la región, casi todos vecinos de Irán. El ejército de los Estados Unidos aseguró que destruyó la marina de Irán, pero Ormuz sigue cerrado al tránsito del comercio petrolero. El diario Los Angeles Times concluyó el martes pasado que “la guerra avanza ahora por un camino impredecible, en el que no está claro un final creíble”. El propio jefe del gobierno alemán, el democristiano Friederich Merz, que apoya la campaña de Estados Unidos e Israel contra Irán, dijo en días recientes que “surgen más preguntas (respecto de la guerra) con cada día que pasa”. Casi simultáneamente, el nuevo líder supremo iraní afirmó, en una carta que leyó la televisión oficial del régimen, que el cierre del estrecho de Ormuz “debe continuar” y que los ataques de Irán a sus vecinos árabes también continuarán. Lo hicieron. En las primeras hora del viernes, de acuerdo con el horario local, misiles iraníes impactaron en el centro financiero de Dubái; ya habían atacado el aeropuerto de esa ciudad, lujosa y ultramoderna, donde viven muchos argentinos, algunos de los cuales ya fueron repatriados. La situación podría ser más grave de lo que parece si creemos en las palabras del diplomático argentino Rafael Grossi, director general de la Organización Internacional de Energía Atómica, quien acaba de asegurar que Irán conserva todavía el uranio suficiente como para fabricar diez armas nucleares. Si bien Grossi aclaró que ese uranio no está lo suficientemente enriquecido como para fabricar una bomba nuclear, subrayó que las instalaciones de fabricación nuclear de Irán no fueron alcanzadas por los misiles norteamericanos e israelíes. “Los activos nucleares iraníes permanecen en el mismo estado en que estaban antes de la guerra”, aseguró. Grossi, que aspira a ser el próximo secretario general de las Naciones Unidas, también conjeturó sobre el riesgo de que la actual guerra termine fortaleciendo a los sectores más duros del régimen iraní. El diplomático argentino acotó que el diálogo con los ayatollahs iraníes por su armamento nuclear deberá reiniciarse, sea cual fuere el final de la guerra de estos días. De todos modos, es mejor que el conflicto bélico termine con un fuerte debilitamiento social y político del ya débil régimen que gobierna Irán desde hace casi 40 años. La Argentina necesita esa debilidad de los fervientes religiosos iraníes, porque fueron los autores intelectuales y financieros de los dos atentados terroristas más grandes que sufrió el país. Más de un centenar de argentinos inocentes murieron por esa violencia asesina.
La Argentina está llena de ejemplos sobre hechos internacionales que afectaron seriamente su economía
La guerra encuentra a la Argentina en un momento de reconversión de su economía y, por lo tanto, extraordinariamente vulnerable. En los últimos dos años, el país perdió el 4% del empleo registrado comparado con 2023, y el 7% del empleo no registrado (monotributistas y autónomos, fundamentalmente). La inflación es tenaz cuando intentan bajarla del 3% mensual, para hablar con cifras redondas, mientras una comprobable mayoría social confiesa que no está de acuerdo con el ritmo de la economía, se queja de su situación personal y no tiene muchas expectativas en un futuro mejor. Nadie sabe cómo ni cuándo terminará la guerra en el Oriente Medio. Esa es una información clave para esclarecer qué pasará en la Argentina. La suba del precio del petróleo va a aumentar la inflación o la mantendrá en los niveles actuales, pero también el país tendrá más ingresos de dólares por las exportaciones de petróleo y gas. Las consecuencias de la guerra no serán letales si el conflicto durara uno o dos meses más. La inflación bajará cuando bajen las armas. Pero si Irán se convirtiera en otro Vietnam para Estados Unidos y la guerra durara uno o dos años más, las secuelas serán otras. Y, sobre todo, si el régimen de Teherán sigue restringiendo la oferta de petróleo de sus vecinos árabes. En ese caso, el precio del petróleo podría llegar a costar 150 dólares el barril; costaba 70 dólares cuando empezó la guerra y ahora está en alrededor de los 100 dólares. En el escenario de una larga guerra, la inflación aumentará en todo el mundo y, desde ya, en la Argentina. Seguramente subirán los precios de las naftas y, por efecto cascada, el precio de las cosas que la gente común necesita para vivir. También el Gobierno se vería ante serias restricciones para ingresar a los mercados internacionales de crédito, que es lo que necesita con urgencia. El riesgo país volvió a subir y está en 567 puntos básicos. Así, el ministro Luis Caputo descartó por el momento pagar tasas de 9,5 % anual por eventuales créditos internacionales de la Argentina. “No, por ahora”, dijo un funcionario del ministerio de Economía, y aludía a un país pidiendo crédito en el exterior. “La guerra larga es una posibilidad muy preocupante”, asevera el economista Fausto Spotorno.
La Argentina está llena de ejemplos sobre hechos internacionales que afectaron seriamente su economía y la estabilidad o fortaleza de los gobiernos que estaban en esos momentos. La devaluación mexicana de diciembre de 1994 provocó varios meses después lo que se llamó el “efecto tequila” que condenó a ese país del norte de América a sufrir una enorme contracción de su economía durante 1995. Los efectos de la crisis mexicana se hicieron sentir con fuerza en la Argentina en 1996, y el entonces presidente Carlos Menem perdió las elecciones de mitad de mandato en 1997. La crisis argentina de diciembre de 2001 fue precedida por la crisis de Turquía de febrero de ese año, una de las peores crisis económicas en la historia del país turco. “Ojo con Turquía”, solía repetir previamente el entonces ministro de Economía argentino, José Luís Machinea, a pesar de que había conseguido créditos de organismos internacionales por unos 40.000 millones de dólares. Con todo, la gran crisis argentina de nueve meses después fue inevitable. La enorme crisis mundial de 2007/2008 por el estallido de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, que afectó a todo el mundo, repercutió en la Argentina y provocó la recesión de 2009. Cristina Kirchner perdió en ese mismo año las elecciones nacionales legislativas.
Un presidente perdiendo el tiempo durante varios días mientras predica sus verdades por todo el mundo no es una buena imagen en medio de tantos riesgos. Ni las imprescindibles inversiones son alentadas cuando el mandatario insulta y agravia al más importante empresario industrial argentino, Paolo Rocca, desde tribunas del exterior. Los chinos suelen decir que el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo. ¿Sentirá la Argentina el aleteo de una mariposa convertido en el bombardeo de una guerra entre varios países, cuyo tamaño y devastación no sucedía desde hace décadas? La respuesta no existe. El peligro va más allá de una mera conjetura.
